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P. Uche, Vicario de la Delegación africana Ntra. Sra. de la Esperanza, ha pasado unos días conociendo las comunidades guanelianas de España y nos ha dejado el testimonio de su vida y su vocación guaneliana que os invitamos a leer:
Agradezco de corazón a mis padres la educación que me han dado. En particular, mi madre era una católica convencida que siempre me llevaba a la eucaristía dominical y al Triduo Pascual, aunque para ello tuviera que recorrer a pie grandes distancias porque en nuestra parroquia sólo había misa una vez al mes.
Otra experiencia importante que marcó mi vida -y de la que siempre estaré agradecido a Dios- es el encuentro con la Congregación de los Siervos de la Caridad.
El deseo de servir a Dios como sacerdote ardía en mí desde mi más tierna infancia. Cuando en 1989 murió mi madre, mi sueño estuvo a punto de apagarse. Yo tenía entonces 17 años y ella era la única en la familia que me apoyaba en mi opción vocacional, por eso pensé en dejar el seminario. Al final, decidí seguir y vivir mi vocación como una opción libre y personal. Para mi desgracia (o tal vez no, ¿quién sabe?), dos años más tarde, me echaron del seminario menor, porque, según el parecer del rector, no era una persona inteligente. Tengo que añadir, que mi familia no pagaba con regularidad, dadas las dificultades económicas que surgieron a raíz de la enfermedad de mi madre. El caso es que tuve que terminar mis estudios secundarios en una escuela pública, que era más económica. Sin embargo, como el deseo de ser sacerdote seguía palpitando con fuerza dentro de mí, me fui a vivir con el cura de mi parroquia, que me pegaba con frecuencia y que acabó convirtiéndome en su esclavo: tenía que recorrer una distancia de 5 km, tres veces al día, con una vieja bicicleta, para recoger agua potable y otros tantos paseos a pie hasta el lago con un bidón de 25 litros sobre mi cabeza.
Cuando pienso en aquellas experiencias de pobreza familiar, debido a la enfermedad y muerte de mi madre (a veces a mi hermano mayor y a mí nos faltaba el pan de cada día) y de opresión por parte del cura de mi parroquia, surge en mí un sentimiento de gratitud a la Divina Providencia, porque creo que han sido un instrumento en sus manos para formarme en mi futura misión como guaneliano. El duro trato de aquel cura no sólo no me desanimó en mi camino sino que hoy sé que sólo la muerte puede alejarme del que creo que es el proyecto de Dios por aliviar el sufrimiento humano. El hambre y la pobreza vividas en mi infancia han dejado en mí una marca indeleble hasta el punto que cada vez que veo a alguien en esa situación siento el deseo de dar mi vida por aquellos que pasan por esas u otras dificultades. Mi liberación y salvación se hizo realidad con la llegada de los primeros misioneros guanelianos. El P. Ezio comprendió enseguida mi situación y me invitó a volver a mi casa, a la espera de entrar en el seminario mayor. Mis primeros años en la Congregación no fueron fáciles porque la imagen de cura que yo había visto era muy distinta de la que allí se me proponía. Fue para mí una grata sorpresa descubrir que una chica con discapacidad intelectual de un pueblo cercano al mío, a quien los padres utilizaban como mendigo, vivía como una privilegiada en el Centro Don Guanella. Comprendí que sólo una persona sincera consigo misma puede ser un buen guaneliano. A través del diálogo con los cohermanos de la comunidad y una semana de ejercicios espirituales en el monasterio trapense de Awhum, superé mi crisis y emprendí de nuevo mi camino vocacional con paz interior hasta el día de hoy, día en el que puedo afirmar que no me arrepiento de ser guaneliano. Estoy convencido de que Dios ha visitado el continente africano a través del carisma guaneliano. Este carisma ha encontrado una tierra fértil. Soy africano, y sigo sin comprender como es posible que los gobiernos y a veces la misma Iglesia puedan abandonar a las personas con discapacidad intelectual. Antaño eran personas utilizadas como mendigos, personas malditas, personas que había que evitar porque podían contaminar a otros. Hoy en día, en una sociedad pragmática como la nuestra, se les considera inútiles. En la provincia ghanesa de Yendi, aún hoy en día, se les sigue matando. El obispo de esta diócesis nos ha invitado a trabajar allí, pero por el momento no tenemos fuerzas suficientes.
En África hablamos mucho del respeto a los mayores, pero sorprende ver tantos ancianos abandonados en los poblados. A veces se pasan semanas o incluso meses sin que nadie les visite. También es doloroso pasar por los poblados y ver en sus calles a niños y adolescentes que no van a la escuela. La misión guaneliana quiere ser una respuesta a estas situaciones a través de los centros abiertos en Nigeria, Ghana y R.D. del Congo. Me he dado cuenta de que ser guaneliano en África es un gran reto. Aparentemente no tiene nada de atractivo y fascinante. Cuando ves cómo viven muchos curas diocesanos, te das cuenta de que poseen todo lo que necesitan, incluso sin trabajar; en cambio, nosotros guanelianos, tenemos que desvivirnos día y noche para conseguir el pan de cada día para los “buenos hijos” del Centro o de los ancianos abandonados de los poblados. Pase lo que pase, estoy convencido que el carisma guaneliano es un don precioso que nos ha sido concedido. No he visto nada en este mundo que dé más alegría que la donación y el sacrificio de quien es capaz de dar su vida por los necesitados. La misión guaneliana es para mí un camino seguro de encuentro con Cristo, presente en los pobres y necesitados. En África, los guanelianos, tenemos varios proyectos en favor de los pobres, los abandonados y las personas con discapacidad. No siempre contamos con los recursos necesarios. Por otro lado, en Nigeria, por ejemplo, el dinero está en los bolsos de políticos que no tienen ningún respeto por la dignidad humana. Estoy convencido de que nuestro evangelio de la Caridad es auténtico y nuestro proyecto es cosa de Dios y, por lo tanto, la Divina Providencia se encargará de que la misión vaya adelante; basta con que nosotros pongamos de nuestra parte y confiemos en Ella. Quiero concluir, expresando mi gratitud sincera a los primeros misioneros guanelianos (P. Ezio, P. Giancarlo y Hno. Franco), porque nos trasmitieron con sencillez, la sustancia del carisma y la misión guanelianas. Me siento también agradecido a los guanelianos españoles que vinieron a África y ahora han vuelto a su tierra. (P. Fernando, Hno. Santi y P. Andrés). Especialmente doy las gracias al P. Andrés que me preparó para lo que podemos llamar el futuro de la vida consagrada, de la Iglesia y del mundo: el valor de la fraternidad, experimentado concretamente en la vida comunitaria. Estos guanelianos españoles nunca han olvidado la semilla que plantaron en África y siguen apoyando nuestra misión caritativa.
Un saludo especial para los laicos guanelianos de España e Italia, por su esfuerzo y dedicación, a veces mayor que la nuestra, en la búsqueda de recursos económicos. A través de PUENTES en España y ASCI en Italia, siguen sosteniendo los centros e iniciativas que la Congregación de los Siervos de la Caridad ha sembrado por el mundo. Un gracias muy especial a los que, en la pasada Navidad, han colaborado en la Campaña de PUENTES a favor de las madres y sus bebés. Gracias a todos, de corazón.
P. Uche, SdC
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