| ¡Cuántas horas con Delibes! |
|
|
|
Es verdad que los buenos libros son más grandes que el autor. Es verdad que siempre nos quedará la dicha de seguir leyendo y releyendo. Si tuviésemos que reducir la literatura en castellano de la segunda mitad del siglo XX a un solo nombre, creo que éste sería Miguel Delibes. El autor de La sombra del ciprés es alargada era seguido por una multitud de lectores de un amplio espectro social: el estudiante de bachillerato, la portera del inmueble, el profesor de la universidad norteamericana… A sus libros, se aferraba una muchedumbre de lectores, como se aferra el caminante a la sombra bienhechora del árbol en día de bochorno. Comprometido con su tiempo y con su tierra, supo, en sus años de director de El Norte de Castilla, alzar la voz en favor de un mundo rural y un campo castellano que eran maltratados. Vio la injusticia social y la denunció, y esto le acarreó una áspera censura. Al final de su vida, cuando los valores en los que había crecido y vivido se cuestionaban o, peor aún, se hacía burla de ellos, se pronunció con rotundidad sobre el valor de la familia, sobre el valor del aún no nacido, que es ya certidumbre de humanidad, por mucho que nos adoctrinen día y noche sobre lo contrario.
Tantos personajes, con alma y vida propias, nos han seducido: Daniel El Mochuelo en El Camino, El Nini, en Las ratas, Cipriano Salcedo en El hereje, Mario Díez y Carmen Sotillo en Cinco horas con Mario, Azarías en Los Santos Inocentes, Lorenzo, en los Diarios, Pacíficio Pérez en La guerra de nuestros antepasados… Delibes seguirá ofreciéndonos una suave compañía y haciéndonos pensar, reír, meditar y, sobre todo, emocionándonos. El protagonista de El hereje, Cipriano Salcedo, camino de la muerte, abandonado, insultado, juzgado por todos, nota a su lado, en el último instante, la presencia de aquella mujeruca que lo había criado. Ella no era nadie; ella no temía perder el favor del Rey o de la Inquisición, por dar la cara y ponerse al lado de un hereje, de un apestado. Para ella, Cipriano, más allá de su herejía, era ‘su niño’, un ser humano abandonado y torturado, es decir, digno de compasión y digno de cariño. Este bellísimo episodio evidencia la apuesta por el ser humano en desgracia, barro frágil, víctima del poder establecido, pero necesitado de ternura. La mujer en cuestión se llama Minervina, y uno desearía para sí tener, en momentos difíciles, esos asomos de cristiano, ese arrojo humano, a despecho del mundo entero. Sus personajes son tan populares como sus libros. Azarías estará siempre ahí. El ‘tonto del pueblo’, objeto de burlas y de chanzas fue transformado en un ‘santo inocente’ que, precisamente en razón de su propia inocencia (hoy diríamos discapacidad mental) es capaz de restablecer la justicia en este mundo, de poner fin, brutalmente, a una historia de vejaciones, sumisión e indignidad. El propio Delibes llegó a decir en una breve entrevista a SERVIR que el ‘verdadero minusválido es aquel que solo piensa en el dinero y el placer’. Curiosa afirmación, sin duda, que nos puede hacer recapacitar sobre nuestras propias discapacidades (por mucho que tengamos una inteligencia notable y una motricidad destacada). Si guaneliano significa persona que siente afecto por los buonifigli (personas con discapacidad), podríamos decir que Delibes escribió ‘en guaneliano’ cuando transmitió en algunas de sus obras esa ‘fraternidad’ (alejada del paternalismo y alejada del desprecio) hacia las personas con unos determinados rasgos en el rostro, con una torpeza en los movimientos, con unas carencias en la mente, pero con una riqueza de corazón que asombra y maravilla a quienes fraternalmente se les acercan.
El Dios de Cipriano, Daniel, Azarías, la Niña Chica, Mario, Cayo, Pacífico y Minervina habrá esperado a Miguel Delibes, sin duda, en el recodo del camino ese 12 de marzo.
|





A media tarde del 12 de marzo, recluido en el pueblo, sin televisión y sin radio, me llegó un mensaje al móvil que me comunicaba la muerte de Miguel Delibes. El mensaje tenía su retranca: “Dicen que Delibes ha muerto; no saben, sin duda, que sus libros seguirán vivos por muchísimo tiempo”.
Cristiano inquieto, como él se definió en un momento en el que el ser católico era sólo una manera de ser español, con poca carga moral y con poco compromiso cívico, siguió con atención y con entusiasmo ese aire fresco que fue el Concilio Vaticano II en las estancias a veces cerradas y rancias de la Iglesia. Quizás la moral de Delibes la define bien un personaje de Madera de héroe: “Me niego a compartir vuestro cristianismo sin prójimo”.
Quisiera recordar unas palabras suyas que, en la hora del adiós, recobran una fuerza inusual y un altísimo mensaje espiritual: “He conservado toda mi vida las enseñanzas religiosas que recibí de niño y con los años han resurgido como un rescoldo amortiguado...Ante la muerte es muy importante y de gran consuelo tener un sentido de esperanza y pensar que no todo termina en la corrupción del sepulcro... A mis años –los últimos de mi vida- yo sólo espero y deseo encontrarme con Cristo en el recodo del camino”.