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Quien reza no está solo Imprimir E-mail

El Papa en CastelgandolfoEn el Angelus del domingo 25 de julio Benedicto XVI hizo de una manera breve y sencilla un comentario al Padre Nuestro. Desde Castelgandolfo, el Papa, aprovechó para comentar el pasaje del evangelio en el que los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar.

Remarcando la sencillez y profundidad de esta oración manifestó también que no sólo nos hace "amigos de Dios", sino que nos mantiene unidos a toda la Iglesia. Quien reza no está solo, como dice el himno de la Liturgia de las Horas:

No vengo a la soledad cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy;
y sé, que estando con ellos, tú estás en medio, Señor.

Este es el texto que os proponemos para la reflexión:

¡Queridos hermanos y hermanas!

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús recogido en oración, un poco apartado de sus discípulos. Y cuando terminó, uno de ellos le dijo: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Jesús no hizo objeciones, no habló de formulas extrañas o exotéricas, con mucha sencillez dijo: “Cuando oréis, decid: “Padre”, y enseñó el Padre Nuestro, extrayéndolo de su misma oración, con la que se dirigía a Dios, su Padre. San Lucas nos transmite el Padre Nuestro en una forma más breve con respecto a la del Evangelio de san Mateo, que ha entrado en el uso común. Nos hallamos frente a las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Ellas se graban en la memoria, plasman nuestra vida, nos acompañan hasta el último aliento. Ellas desvelan que "nosotros no somos hijos de Dios de modo definitivo, sino que tenemos que llegar a serlo y serlo cada vez más a través de una comunión con Jesús cada vez más profunda. Ser hijos se convierte en el equivalente de seguir a Cristo" (Benedetto XVI) "Jesús de Nazaret".

Esta oración acoge y expresa también las necesidades humanas, tanto materiales como espirituales: “Danos cada día nuestro pan, y perdónanos nuestros pecados” (Lc 11,3-4). Precisamente con motivo de las necesidades y las dificultades de cada día, Jesús exhorta con fuerza: "Yo os digo: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe y quién busca encuentra y a quien llama se le abrirá" (Lc 11,9-10). No es un pedir para satisfacer nuestros caprichos, sino más bien para tener despierta la amistad con Dios, el cual – dice siempre el Evangelio – “¡dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo piden!”. (Lc 11,13). Lo han experimentado los antiguos "padres" del desierto y los contemplativos de todos los tiempos, se convirtieron, por medio de la oración, en amigos de Dios, como Abraham, que suplicó a Dios que perdonara a los pocos justos del extermino de la ciudad de Sodoma (cfr Gen 18,23-32). Santa Teresa de Ávila invitaba a sus hermanas diciendo: “Debemos suplicar a Dios que nos libre de todo peligro para siempre y nos aparte de todo mal. Y por imperfecto que sea nuestro deseo, esforcémonos en insistir en esta petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, si nos dirigimos al Omnipotente?" (Camino, 60 (34), 4, en Obras completas). “Cada vez que recitamos el Padre Nuestro, nuestra voz se entrelaza con la de la Iglesia, porque quién reza no está jamás sólo. “Todo fiel deberá buscar y podrá encontrar en la verdad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, el propio camino, el propio modo de rezar... se dejará, por lo tanto, conducir... por el Espíritu Santo, el cual le guía, por medio de Cristo, al Padre” (Congregación por la Doctrina de la Fe, Algunos aspectos de la meditación cristiana, el 15 de octubre de 1989, 29: AAS 82 [1990], 378).

Última actualización el Sábado, 04 de Septiembre de 2010 16:46