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Toño, ex alumno guaneliano Imprimir E-mail

Acaba de dormirse en los brazos de su querida Madre de la Providencia 

Toño (José Antonio Ruiz Iglesias) no podía dormirse y dejarnos más que en vísperas de la fiesta guaneliana de la Virgen de la Providencia (12 de octubre). En estos últimos meses me abrió su corazón para compartir las etapas de su lucha contra el cáncer. No he oído de sus labios una palabra de queja, “lo único que me duele es hacer sufrir a mi mujer Isabel y a mis “chicos” (así llama a su hijo Andrés y su pareja a quien quiere como a una hija). En una carta que me escribe el 21 de junio, se lamenta de tener que darme la mala noticia de su enfermedad.

Descubrí en él una serenidad y una confianza en la Virgen de la Providencia (como la del niño Jesús que aparece en el cuadro) que me sorprendieron. En agosto pasado lo comenta con estas palabras: “la Virgen de la Providencia me está ayudando”. Y en otro correo con una chispa de humor y aceptando su enfermedad saca a colación el dicho de su padre de que “al mejor comer se nos cae la cuchara”.

  Pero donde realmente comprendí su amor por la Virgen fue cuando, en las fiestas de celebración de los 50 años de presencia guaneliana en España, me regaló un gran cuadro de la Virgen de la Providencia hecho a mano con punto de cruz, con un sinfín de colores (creo que hablaba de más de 80) y de un trabajo incontable de horas. Me decía que le relajaba y con pasión le dedicaba sus horas libres.
Se había puesto a hacer otro cuadro igual diciendo que aquello era para él el lado bueno de esta enfermedad que le obligaba a hacer tantas horas de sofá. Hace tan solo un mes me comunicaba que lo había terminado enviándome una foto de su obra de arte, casi como insinuando que su pacto con la Virgen se había cumplido y esperaba su fiesta para reunirse con ella.

  Soy testigo de su vida sencilla y marcada por su experiencia guaneliana en el colegio de Aguilar de Campoo, donde tuve la suerte de ser su educador cuando tenía tan solo 12 años. Años más tarde me sorprendió diciéndome que quería que le casara en el colegio que tantos buenos recuerdos había dejado en su corazón. A raíz de aquella boda, creció mi amistad con la familia y seguí en contacto con ellos, que “luchando por la vida” (como solía decir), iban cambiando de residencia. Fue una alegría inmensa poder bautizar a su hijo, a quien pusieron, en mi honor, el nombre de Andrés. Más tarde celebré con ellos sus bodas de plata en la ermita de su pueblo.

Su espíritu guaneliano de confianza en Dios Padre y en su Providencia, su espíritu de sacrificio y de dedicación a los demás, su sencillez ante la vida y ante la enfermedad, bien merecen un recuerdo y un aprecio entre nosotros. Este estilo guaneliano lo contagió a su alrededor y lo culminó en octubre del 2011, en aquel viaje a Roma en el que junto a su mujer, participó en la canonización de San Luis Guanella.

La semana pasada, hablé con él por teléfono y se quejaba, en tono jocoso, de lo lejos que quedaba un banco de otro donde sentarse en el paseo cercano a su casa. Y al mismo tiempo se enorgullecía de sus “chicos” por la ayuda tan buena que daban a su mujer en el duro trabajo del bar que atendían. Eran todos signos para mí, de una despedida anunciada, pero que, en su amor a la vida y a los que quería, se resistía a dejar. Ahora seguirá con el punto de cruz, disfrutando de esa mirada tierna de María y seguro que contemplando con amor a sus seres queridos…

Descansa en paz, nuestro hermano y amigo guaneliano.

Padre Andrés García, guaneliano

 

Última actualización el Domingo, 22 de Noviembre de 2015 20:04