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El Papa a la familia guaneliana Imprimir E-mail

Fiarse, mirar y apresurarse.

 Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Agradezco las palabras que me habéis dirigido. No solo me habéis presentado vuestra Obra, sino que de alguna manera habéis querido también acogerme en vuestra familia. Hoy es, para vosotros, una solemnidad importante: festejáis a la Madre de la Divina Providencia que es vuestra patrona y sobretodo es precisamente la Madre de familia, como quería san Luis Guanella.

Acabáis de celebrar el primer centenario de su nacimiento al cielo. Quisiera intentar imaginar qué os habría dicho para confirmaros en la fe, la esperanza y la caridad. Lo haría, seguramente, con su sencillez franca y genuina; y así he pensado en tres verbos concretos: fiarse, mirar y apresurarse.

Fiarse. La vida de don Guanella ha tenido como centro la certeza de que Dios es Padre misericordioso y providente. Esto era para Él, el corazón de la fe: saberse hijo siempre amado, a quien el Padre cuida, y por lo tanto hermano de todos, llamado a infundir confianza. Dios es padre y no es capaz de no amarnos. Tampoco es capaz de estar lejos de sus hijos. Si estamos alejados de Él, nos espera; cuando nos acercamos, nos abraza; cuando caemos, nos levanta; si nos arrepentimos, nos perdona. Y desea siempre ir a nuestro encuentro. San Luis ha creído en este amor concreto y providente del Padre, hasta tener, a menudo, el valor de superar los límites de la prudencia humana con tal de poner en práctica el Evangelio. Para él la Providencia no era “poesía” sino realidad. Dios nos cuida y quiere que confiemos en Él.

Pienso que el Padre celestial se disguste cuando ve que sus hijos no se fían plenamente de Él: creen tal vez en un Dios lejano, más que en un Padre misericordioso. En muchos puede surgir también la duda de que Dios aun siendo Padre sea también patrón. Por lo tanto parece que es más conveniente no confiar en Él totalmente, porque podría pedirnos cosas demasiado comprometidas o incluso mandarnos alguna prueba. Sin embargo esto es un engaño: es el antiguo engaño del enemigo de Dios y del hombre, que camufla la realidad y disfraza el bien de mal. Es la primera tentación: mantener las distancias con Dios, atemorizados por la sospecha de que su paternidad no sea realmente providencial y buena. Dios, en cambio, es solamente amor, puro amor providente. Él nos ama más de cuanto nos amamos a nosotros mismos y sabe cuál es nuestro verdadero bien. Por eso desea que en el curso de la vida lleguemos a ser aquello que somos desde el momento del Bautismo: hijos amados, capaces de vencer al miedo y de no caer en la lamentación, porque el Padre cuida de nosotros. ¿Estáis convencidos de esto?

El segundo verbo es mirar. El Padre creador suscita también la creatividad en aquellos que viven como hijos suyos. Entonces aprenden a mirar el mundo con ojos nuevos, más luminosos gracias al amor y la esperanza. Son ojos que permiten mirarse dentro con verdad y ver lejos con la caridad. Con esta mirada los demás no aparecen como obstáculos que superar, sino como hermanos y hermanas que acoger. Descubrimos así, como dijo don Guanella, que “el amor al prójimo es el consuelo de la vida”.

En el mundo nunca faltan problemas y nuestro tiempo conoce, por desgracia, nuevas pobrezas y tantas injusticias. Pero la carestía más grande es la de la caridad: hacen falta sobretodo personas con ojos renovados por el amor y miradas que infundan esperanza. Porque “el amor hará que se encuentren maneras y discursos para confortar a quien es débil”, decía de nuevo vuestro fundador.

A veces, nuestra vida espiritual es miope porque no conseguimos mirar más allá de nuestro yo. Otras veces somos présbites: nos gusta ayudar a quien está lejos, pero somos incapaces de agacharnos ante quien vive a nuestro lado. A veces, en cambio, preferimos cerrar los ojos, porque estamos cansados, abrumados por el pesimismo. Don Guanella, que recomendaba mirar a Jesús a partir de su corazón, nos invita a mirar con la misma mirada del Señor: una mirada que infunde esperanza y alegría, capaz, a la vez, de experimentar un “vivo sentimiento de compasión” hacia los que sufren.

Y, finalmente, apresurarse. “Los pobres son los hijos predilectos” del Padre, decía San Luis. Y repetía: “quien da a los pobres, presta a Dios”. Como el Padre es delicado y concreto hacia sus hijos más pequeños y débiles, así nosotros no podemos dejar esperando a los hermanos y hermanas en dificultad, porque, - siguen siendo palabras de Don Guanella – “la miseria no puede esperar. Y nosotros no podemos detenernos mientras haya pobres que socorrer”. La Virgen se apresuró para llegar hasta su prima Isabel (Lc 1, 39). También nosotros escuchamos la invitación del Espíritu a ir enseguida al encuentro de quien tiene necesidad de nuestros cuidados y de nuestro cariño, porque como enseñaba san Luis, “un corazón cristiano que cree y que siente no puede pasar delante de la necesidad del pobre sin socorrerlo”.

Vuestra familia ha surgido desde la confianza del Padre, bajo la mirada de Jesús y en las manos maternas de María. Os agradezco el bien que hacéis y os animo a continuar, sin cansaros. Os bendigo con afecto.

Y os pido, por favor, que recéis por mí.

No os olvidéis.  

Última actualización el Jueves, 24 de Diciembre de 2015 03:16