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Sacerdotes de toalla y confesionario Imprimir E-mail

Sacerdotes de toalla, siervos como Jesús

En la tarde del Jueves Santo Jesús amó a sus discípulos como nunca, les abrió de par en par su corazón. Una de las manifestaciones de este gran amor fue el lavatorio. Una lección magistral del Maestro a sus discípulos. Se lo había dicho ya de muchas maneras. Les había dicho que el Hijo del hombre no había venido a ser servido, sino a servir. Y para que la lección les entrara más por los ojos y los sentidos, para que les quedara bien grabada esta la enseñanza, no solo por el hecho de enseñarles sino sobre todo por la necesidad que tenía de quererles, de amarles hasta el extremo, de servirles, Jesús se puso a lavar los pies a sus discípulos.

Este ejemplo nos produce vértigo, sin duda. Dios ha bajado del cielo para lavarnos los pies. “No podía caer más bajo”. Dios se ha hecho nuestro esclavo, nuestro gran diácono. Entendemos muy bien la reacción de Pedro: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Hay que revivir y meditar la escena. ¡Con qué delicadeza y cariño iba Jesús realizando el misterio! ¡Con qué profundidad! Estaba dando al trabajo servil un carácter programático y una dimensión sagrada. No era sólo problema de higiene. Era problema de amor. Jesús da tanta importancia a este gesto que lo pone como test de fidelidad y pertenencia a la comunidad. Para poder tener parte con Jesús hay que dejarse lavar los pies y hay que estar dispuesto a lavar los pies. Para ser discípulo y sacerdote de Jesús hay que estar dispuesto a ser el último, a ponerse a los pies de todos, a lavar los pies a todos, a curar las heridas, a romper cadenas, a dignificar los cuerpos, a cargar con los demás.

Y esto tenemos que hacerlo, nos diría Jesús, no porque Él nos lo manda, sino porque nos sale del alma el ser compasivos, misericordiosos, solidarios, porque no somos capaces de dejar a nadie tirado en el camino. La caridad sacerdotal es humilde, no quiere estar por encima de nadie. La caridad sacerdotal es servicial, siempre dispuesta a hacer el bien.

Sacerdotes de confesionario, signos de la misericordia del Padre

El Papa Francisco nos ha recordado a los sacerdotes que el confesionario no debe ser una sala de torturas, sino el lugar de la misericordia del Señor que nos impulsa a hacer todo el bien posible. Nos dice que nunca se cansará de insistir que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesor no se improvisa, la mejor manera de aprender es hacernos nosotros penitentes en busca de perdón. Ningún sacerdote es dueño del sacramento del perdón, somos servidores, administradores del perdón que sólo da Dios. Los confesores, nos recuerda el Papa, estamos llamados a abrazar al hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. Miremos al interior del penitente y seamos capaces de percibir en su corazón la petición de ayuda y súplica que expresa en sus palabras de perdón. El confesor no puede esconderse en miedos o rigideces. Como dice San Ambrosio: “Donde hay misericordia, está el espíritu de Jesús. Donde hay rigidez, están solamente sus ministros”. Pero también los sacerdotes no tenemos que cansarnos de salir al encuentro del otro hijo de la parábola, el que se negaba a entrar a la fiesta del hermano revivido. Tengamos pedagogía de acogida y acompañamiento, acojamos a los penitentes con delicadeza y ternura, seamos signos del primado de la misericordia.

Feliz día del sacerdocio.
Sintámonos privilegiados de ser sacerdotes guanelianos de la misericordia.
No tenemos que hacer ningún esfuerzo, sólo ser lo que somos.
 

Última actualización el Viernes, 20 de Mayo de 2016 00:32