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“El Espíritu nos empuja a encontrarnos con el Dios de vida, no solo en la Palabra, en la oración o en los sacramentos, sino también en el contacto cotidiano con nuestros pobres, compartiendo con ellos nuestra vida. Son ellos mismos los que nos ayudan a comprender mejor el misterio de Dios que, como Padre, cuida de todos sus hijos. El Espíritu nos ayuda a descubrir que en el origen de su fuerza para vivir a pesar de las dificultades… está el Dios de la vida que les sostiene como un Padre rico en misericordia”. (don Guanella)

Santos Inocentes Imprimir E-mail
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“Entonces Herodes, viéndose burlado por los sabios, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su término que tuvieran menos de dos años” (Mt 2, 16).

El 28 de diciembre, por la mañana, en la oración de laudes, el Padre Alfonso, superior de la comunidad, como siempre, añadió algunas oraciones a las que se encuentran en el breviario. Tiene la bonita costumbre de rezar por nuestras familias, por aquellas personas que se encomiendan a nuestras oraciones, … pero ese día añadió una: por los niños que mueren por causa de los abortos. Y se me encendió la bombilla. Este asunto me llevó la media hora de meditación comunitaria diaria que solemos hacer.
Se me ocurrió compartir con vosotros estás reflexiones y escribir este artículo sobre el aborto, un tema que me parece actual, siempre actual,  pero ahora más presente en nuestras mentes a causa de las noticias que venimos escuchado: ciertas clínicas que están realizando abortos de fetos de hasta 8 meses, máquinas trituradoras para no dejar huella, iniciativas para ampliar la ley. Hace años se hablaba de ciertas compañías de cosméticos, reafirmantes de la piel, que estaban en contacto con estas clínicas porque la placenta debe ser muy rica en nutrientes.
Me preguntaba si estos fetos o “niños” que mueren son inocentes también. ¿Es que son personas? ¿Tienen derechos? Ahí esta el meollo de la cuestión: ¿son personas o  masas informes que no alcanzan el estatuto de persona y que no pueden ejercer sus derechos? ¿Quién lo decide?
Hace años  grupos de mujeres pro-abortistas gritaban un eslogan “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. No creo que el simple hecho de concebir nos dé el derecho a decidir sobre la vida o no del no-nato, aparte de que me parece un eufemismo y podrían haber gritado “Nosotras abortamos, nosotras no matamos”. El mensaje sería más claro y se ajustaría más a la hora de discutir sobre algo objetivo, es decir; abortando, ¿matamos o no matamos, eliminamos una vida o no?
Podemos definir la muerte como ausencia de vida. Pero una, dos, tres… cien células tienen vida. Por tanto, podemos afirmar que el aborto destruye vida y, por ende, que el aborto es muerte. Es cierto que esas células que se están gestando dependen de un ser vivo para desarrollarse, pero ¿no dependemos nosotros de los demás? Un recién nacido –o un niño- depende de los otros si pretendemos que crezca y, hasta los adultos, dependemos de los demás. Yo creo que tenemos que apelar al sentido común, libre de condicionamientos e intereses personales.
Pero si vamos más allá del simple sentido común y abordamos el problema desde la fe, estaríamos hablando de palabras mayores: “La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella”. (Evangelium Vitae, Juan Pablo II).
Dios nos ha concedido la gracia, el don de ser creadores, pero eso también nos hace responsables de la creación: “Una cierta participación del hombre en la soberanía de Dios se manifiesta también en la responsabilidad específica que le es confiada en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la vida mediante la procreación”. (Evangelium Vitae, Juan Pablo II).
“La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta ‘la acción creadora de Dios’ y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente”. (Donum Vitae).
“El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento”. (Evangelium Vitae, Juan Pablo II).
Delante de este panorama, hay muchos que intentan presentar a la Iglesia como una institución retrógrada que no se adapta a los ritmos de los tiempos y que se mete en nuestras vidas, para regularnos la conciencia con preceptos moralizantes que “nos tocan la moral”. Es como si ésta defendiera un punto de vista más. Pero, ¿cómo no se va a pronunciar la Iglesia cuando se trata de defender la vida? La realidad es que  nos hemos cargado a Dios, hemos deificado al hombre y ahora todo lo que proviene de la Iglesia nos suena a “carca”, como si defender al niño no-nato fuera una cuestión banal. Y esto sí que me parece el colmo del absurdo.  
Hemos creado leyes que nos permiten abortar para no sentirnos responsables y ‘evitar’ traumas psicológicos a la madre, pero ¿quién asegura que no habrá secuelas psicológicas en una madre después de un aborto? La ley puede regular nuestros actos, aun cuando éstos sean abominables, y dejarnos impunes, pero lo que no podrá hacer es regular nuestras conciencias.
Por otra parte, después encontramos  contradicciones en nuestra sociedad que nos tendrían que hacer pensar. Unos ejemplos: somos capaces de proteger a ciertas especies de animales, y plantas, hasta el punto de  penalizar gravemente al infractor que atente contra ellas o contra el hábitat que las permite reproducirse y crecer, y no somos capaces de proteger a nuestra propia especie.
O nos emocionamos viendo una ecografía y la ponemos hasta en el álbum de fotos. O nos marchamos a  adoptar niños a la “Conchinchina” cuando lo podríamos hacer aquí si los permitiésemos nacer.
Madre Teresa de Calcuta proponía que, si no queríamos a los niños, que se los diésemos a ella pero que los dejásemos nacer, que no abortásemos. Nuestros intereses personales, nuestros errores, nuestro sufrimiento no son motivo suficiente para eliminar una vida. En vez de hacer leyes que nos dejan “relativamente” tranquilos, eduquémonos para proteger la vida y, si no aceptamos el fruto de nuestras entrañas, no lo eliminemos; seguro que hay alguien que estará encantado de acogerlo. No sigamos derramando sangre inocente.

Santiago María Antón