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El alma y el secreto de la Obra es la confianza en la Providencia.

Don Guanella 

Regalos que son pan Imprimir E-mail
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La política del regalo se ha impuesto en nuestras relaciones familiares y sociales. El regalo, realizado en las ocasiones más dispares del diario vivir, se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. Cualquier excusa es buena para intercambiar regalos. Nacimientos y bautizos, primeras comuniones y bodas, cumpleaños, aniversarios y entierros, días de los enamorados, del padre, de la madre, de la mujer, del libro, y así un largo etcétera, y bien largo…
El recién nacido crece y no le da ni mucho menos tiempo a vestir los veintipico vestiditos rosas o azules; los muertos se van al hoyo literalmente cubiertos de flores, en muchos casos difuntos que, cuando aún vivían, no recibieron jamás una flor. Los recién casados se juntan con cinco vajillas, y los niños se cansan de abrir paquetes por Reyes. Las estanterías se llenan de libros regalados que no nos interesan y el abuelo se junta con seis corbatas de rayas imposibles de llevar…
Y sin embargo, un mes más tarde, nos vemos obligados a repetir este circo del regalo: más vajillas, más corbatas, más libros, más flores.
Y en muchos casos este estado de regalo permanente va acompañado de las más sarcásticas frases por parte de quien lo recibe y por parte de quien lo da:  “otra vez el cumpleaños de fulanito” o “vaya birria de regalo; a la basura”. Solemos decir es ‘un pan prestado’ cuando nos damos cuenta de que el regalo, que debería ser algo gratuito, algo que responde a la espontaneidad del dador y que no compromete al receptor, se convierte en todo lo contrario: no es gratuito, sino un préstamo; el que lo da lo hace a regañadientes y obligado, por no se sabe qué normas sociales más estrictas aún que las leyes de Hacienda. Y el que lo recibe intuye que está adquiriendo una deuda. Es un pan prestado que, más pronto que tarde, tendrá que devolver, a ser posible con intereses, porque las fechas mandan, y el cumpleaños, la boda o el aniversario del ‘regalador’ están a punto de caer.
Un regalo debería ser un acto espontáneo y amoroso del que regala, porque, como está escrito, hay más gozo en dar que recibir. El que regala nada debería esperar, y el que recibe nunca debería sentirse obligado a corresponder al regalo. Si las cosas no suceden así, el regalo se convierte en un trueque, en moneda de cambio, en hipoteca, en pan prestado con fecha de devolución.
Probablemente sólo hay un regalo puro: aquel que se hace por puro amor a alguien desconocido, cuyo rostro no conocemos, cuya historia nos es desconocida. Alguien del que nada esperamos porque nada puede; un don a alguien que nunca se sentirá obligado a correspondernos, alguien cuyo rostro de dicha y de alegría no veremos cuando tenga en sus manos nuestro presente.
Y todo esto viene a cuento porque me gustaría agradecer a todos los que han colaborado en el último año con nuestra asociación Puentes. Son muchas las personas que, por caridad cristiana o por simple filantropía, se han desprendido de un poco de lo suyo para remediar la necesidad de muchas personas instaladas en la necesidad y en la pobreza. Donantes que, en ningún caso, conocen al receptor de su donativo. No sabrán qué cara de alegría puso la madre del niño con polio cuando su pequeño volvió a caminar gracias a la operación sufragada por muchos de nuestros donantes. Nunca los ancianos a los que cada sábado llega su ración de arroz y de maíz podrán enviar un regalo o abrazar a quienes son sus bienhechores. Las decenas de discapacitados que han encontrado un hogar en la misión nigeriana o guatemalteca no sabrán siquiera dónde está España, que es el lugar del que habitualmente llegan los donativos que contribuyen a pagar su residencia. Y así sucesivamente.
El anónimo regalo de un donante es un puro regalo. El que lo da sentirá esa íntima satisfacción de haber hecho un poco de bien, por amor a Dios, por amor al hombre, por amor a Dios y al prójimo. El que lo recibe, muy probablemente, dará gracias a Dios y le pedirá su bendición para quien desde tan lejos pensó en su alimento, en su educación o en su salud.
Un donativo es la limosna escondida y silenciosa que Jesús tanto alabó. La mano izquierda no sabe lo que hace la derecha. Y el anónimo anciano que recibe su plato de arroz no conoce la mano del que envió unos euros.
Estos probablemente son los únicos regalos que no son pan prestado. Nada espera el dador y a nada obliga al receptor. Y sin embargo, hay Alguien que ve en lo secreto.

Juan Bautista Aguado

Última actualización el Jueves, 21 de Agosto de 2008 13:06