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Se dice pronto y bien. Pero cuarenta años son cuarenta años, y son los que lleva la hermana Clelia Capizzano entre nosotros, en España. Otros han llegado, han pasado unos años, y han vuelto a su patria italiana. Pero la Clelia sigue aquí. Cuatro décadas transcurridas entre Aguilar y Madrid. Ha llovido desde entonces, desde 1968, cuando una joven monja italiana llegaba a la estación, para hacerse cargo de la cocina del seminario de Aguilar de Campoo. “Ahí tienes la cocina”, parece que le dijeron. Una cocina en un semisótano, gris y desangelada. “Y ahí está el comedor”, con un centenar de chavales que querían saciar sus insaciables estómagos de adolescentes. Sin saber una palabra de castellano, sin un curso de cocina española en el currículum, sin una especialidad en antropología hispana, llegó la Clelia a tierras de Castilla, en aquellos pobretones años, a ganarse el cielo entre los pucheros, las ollas y las cazuelas. Adiós a los fettucini y a los risottos, que Castilla es tierra de alubias, lentejas y garbanzos contundentes, de arroz dominguero y tortilla de patata. Los muchos alumnos que pasaron por Aguilar recordarán sin duda a sor Clelia, chapurreando un español de frontera, un ‘itañol’ para andar entre verduras y legumbres. Pero cuando ella decía ‘Comete troppo’, nosotros entendíamos perfectamente que comíamos como limas, y cuando ella se quejaba de nuestro alocado parloteo con su clásico ‘non dite bobate’, nosotros comprendíamos que debíamos parar de decir tonterías. Y sin embargo, mi primer recuerdo de ella, apenas llegado yo al Colegio, es el de una Clelia llorando a lágrima viva, cuando la noticia de la muerte del hermano Juan golpeó a todos y muy especialmente a las dos monjas-cocineras que tanto sabían de la santidad del buen fraile. Era refunfuñona cuando, sin venir a cuento, entrábamos en la cocina a pedir una pastilla de chocolate o una tirita para el rasguño, pero terminaba por acceder a lo que pedíamos, después, eso sí, de la tradicional regañina bilingüe. Antes de que Dios amaneciese ya estaban ellas, quiero decir Clelia y su inseparable Antonina, su compañera de fatigas (había quien no las distinguía, y las llamaba en plural las antoninas o las clelias), en la capilla, a sus laudes, porque la jornada era larga y dura: y preparar de comer para casi un centenar de chicos, y más, no era moco de pavo. Había que pelear con los proveedores. Y en esto sor Clelia era un lince, y no se dejaba engatusar por los tenderos. Y había que ir a la huerta, a recoger las berzas, el romero o el perejil. Por las noches, después de más de uno y dos rosarios, aún tenían tiempo las dos monjitas para pasarse por el ropero y, mientras la Antonina leía el Observatore Romano, la Clelia hacía y deshacía un centro de ganchillo. Cuando había sesión de cine, sor Clelia no se perdía la proyección, y, en más de una ocasión, cuando la película era un dramón, dejaba escapar una lagrimita. Los domingos por la tarde, lo recuerdo aún, se quitaban el mandilón blanco, y se iban las dos a rezar vísperas y a tomar un café italiano y una pastita con la otra comunidad guaneliana asentada también en Aguilar. En fin, querida Clelia, que ya llevas 40 años entre nosotros, que es como decir toda una vida, y aunque infinitas veces te has quejado de no saber esto o aquello, de que no te salía bien lo otro o lo de más allá, nosotros siempre hemos pensado que sabías más de lo que decías, y que te subestimabas más de lo conveniente. Hace mucho que dejaste aquella cocina aguilarense, aunque las muchas horas allí pasadas te ‘desgravarán’, sin duda, cuando tengas que presentarte ante San Pedro. Pero yo te pido que, por un instante, vuelvas la mirada para atrás, a ese comedor de mesas verdes, rojas y amarillas, a las perolas cuarteleras con sus bollones, al estruendo de fin de mundo que hacían los cien alumnos escaleras abajo camino del plato humeante de lentejas. Pero también a ese vía crucis por la loma de Peña Aguilón, a ese villancico del ‘Caro Gesù Bambino’ de una navidad nevada, a esos concursos culturales de vestuarios fastuosos, a esas ‘crostate’ (torta con piña) de las grandes solemnidades, a… Una vez, por tu cumpleaños, y parafraseando una canción de misa, por entonces de moda, te cantamos aquello de “No has nacido, Clelia, para estar triste, la-ra, la-ra-la… aunque cumplas un año más hoy, la-ra, la-ra-la, la-rá”. A muchos de aquellos alumnos aguilarenses nos gustaría volverte a cantar esta canción, aunque ahora tuviésemos que hacer alusión a los “40 años que cumples entre nosotros”. Y volveríamos a reírnos contigo, porque a buen seguro que otra vez nos dirías: “Non dite bobate”.
Juan Bautista Aguado
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