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Nuestra experiencia dentro del voluntariado empieza en momentos diferentes y tiene diferentes recorridos, pero igualmente forma parte de nuestra vida y para nosotros supone un gran regalo poder compartirla juntos. En nuestra mente y corazón hay un montón de momentos inolvidables de estos años que llevamos compartiendo con la familia de Villa San José. Son innumerables los momentos y muchas las experiencias, por lo que se nos hace difícil resumir todo este tiempo pero intentaremos ir a lo fundamental… Para mí (Simone) esta aventura empezó cuando se me ofreció la oportunidad desde el ‘cole’ de poder hacer una experiencia de voluntariado en alguna realidad social de la ciudad de Palencia. Cuando me explicaron un poco el proyecto de Villa San José, no me lo pensé mucho; nunca había tenido contacto con personas con discapacidad, pero de alguna forma tenía la intuición de que aquél era un lugar donde yo podría ofrecer algo de mí y, a la vez, aprender mucho (y no me equivocaba). Desde el principio me sentí muy acogida, tanto por los chicos/as de Villa San José, como por otros voluntarios que ya llevaban más tiempo. En esos momentos fue de gran ayuda sentirme arropada y poder pedir consejo a otros en alguna ocasión; después, las cosas empezaron a ser mas naturales y espontáneas, porque todo lleva su tiempo. Empecé subiendo un día a la semana a un taller de manualidades y luego, con el tiempo, fui implicándome más y, sin darme cuenta, pasaba en Villa San José más tiempo que en mi propia casa….Yo sentía que no tenía que forzar las cosas sino que cada vez me sentía con más ganas de pasar mi tiempo con los chicos/as y que no me importaba dejar otras cosas para estar allí, comiendo, jugando, dando un paseo, haciendo manualidades o lo que fuera. En verano se nos ofrecía la oportunidad de pasar 15 días haciendo “Campo de trabajo” en la Villa, una oportunidad para convivir durante todo el día con los chicos/as. Fueron momentos que me ayudaron a conocer mucho más de cerca a los chicos/as, su quehacer cotidiano (no sólo el de la actividad de voluntariado): compartíamos el trabajo, las comidas, las siestas de verano. Además, disponíamos de más tiempo para compartir entre los voluntarios y también con la comunidad. Desde hace bastante tiempo soy voluntaria dentro del grupo de la catequesis de los viernes. A través de la experiencia de ‘acompañarnos’ en la fe, he ido descubriendo a un Dios Padre y Madre, que se muestra en lo sencillo, en lo cotidiano, en el Amor con mayúsculas, en una mirada, en un abrazo sincero… Digo lo de ‘acompañarnos’ porque, hoy por hoy, es como lo vivo cada vez que me reúno con ellos: nos contamos nuestras inquietudes, nuestras preocupaciones y alegrías; en fin, compartimos nuestras vidas y las ponemos en las manos de nuestro Padre. Es un momento de paz al final de la semana aunque ya todos estamos bastante cansados, pero todavía nos quedan unas poquitas fuerzas para compartir ese momento. Todas estas experiencias de voluntariado me iban descubriendo también a la persona de Don Guanella. Esto me llevó, entre otras cosas, a conocer más su obra, a acercarme también a lo guaneliano, más allá de Villa San José, a ser un poco más partícipe de todo el carisma de esta familia. En un momento sentí la inquietud de vivir una experiencia de voluntariado en otro contexto guaneliano y eso me hizo participar durante unos meses de verano en una obra guaneliana de México. Para mí (Roberto) el voluntariado en Villa San José comenzó hace menos tiempo, pero también pronto me sentí parte de esa familia. El primer contacto fue en la Paellada y, en el curso siguiente, ya formaba parte del grupo de voluntarios, subiendo a la villa en la sobremesa de los martes para comer y jugar un partidillo de futbito con los chicos. No era la primera vez que hacía voluntariado. Como a Simone, también en el colegio me ofrecieron esa posibilidad. Aunque en aquellos momentos escogí otras opciones (apoyo escolar, animación de grupos, encuentros con personas con enfermedad... ), la vida y sus caminos me han llevado a este punto. Hoy sigo con la misma ilusión con la que comencé el primer día; supongo que los chicos, el grupo de voluntarios, los guane, y todo lo que se respira en torno a la Villa, enganchan, y yo estoy enganchado. Todo este ambiente familiar que se respira hace de cada martes un momento especial. Por lo que a mí respecta, los chicos han formado parte de mi crecimiento como persona en estos últimos años, y como posible referente en algunos aspectos. Me admira de ellos la capacidad para no juzgar, la mirada limpia. Me gusta su alegría. Me encantan sus abrazos sinceros, la capacidad de darse. Me entusiasma su espontaneidad, su falta de miedo para expresarse tal y como son. Y me enamora de ellos la vivencia del Dios de lo sencillo, de lo cotidiano, de las pequeñas cosas. Hace ya dos años y medio que nos casamos; celebramos nuestra boda en la Villa, nuestro viaje de novios también tuvo sabor guaneliano (participamos en el proyecto de Chapas, Guatemala), pues, como expresamos a todos los nuestros, para nosotros ese día en el que una nueva familia estaba naciendo, la nuestra, queríamos sentirnos en casa. La Familia de Villa San José nos ha enseñado muchísimas cosas y nos ha ayudado a crecer como personas en muchos aspectos y ha configurado valores muy importantes para nosotros, como son la generosidad, el servicio, la acogida, la sencillez y la ternura, entre otros. Para nosotros, como decíamos al principio, es un regalo poder compartir juntos esta experiencia. Tener unos amigos tan especiales en nuestra vida nos enriquece y, más que sentirnos voluntarios, nos sentimos familia, amigos y compañeros de camino.
Simone y Roberto
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