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En primera instancia debemos nutrirnos de amor propio, de autoestima, esto es, establecer con nosotros mismos una relación de afecto profundo, de infinita querencia, que nos permita sentirnos a gusto y bien con lo que somos; enriquecernos de amor para poderlo ofrecer en abundancia a los demás. Somos seres sociales y en esa medida necesitamos, para realizarnos como humanos, de nuestros semejantes, de sus afectos y de su reconocimiento. Las relaciones afectivas interpersonales constituyen el oxígeno para vivir; si no contamos con el afecto de los otros, con su reconocimiento, sentimos un dolor y angustia similares a los que nos produce la falta de agua o de alimento. El estado afectivo, lo constituye el espacio en el que el ser humano se refugia para recibir el alimento de la ternura, la compañía y la solidaridad emocional del otro, de su semejante. Es de entender que la solidaridad creativa nos conduce hacia una práctica fundamental que tiene que ver con la forma con la que nos damos a los demás. Cada uno debe colocar en su interior un dispositivo de comportamiento que se dispare hacia las prácticas solidarias, que sienta al otro en sí mismo y despierte un sentimiento de solidaridad que no sólo es caridad y ayuda desinteresada, sino que también sea responsabilidad social. Todo esto para resaltar la extraordinaria labor de entrega de la gente de mi parroquia de SAN JOAQUÍN en Madrid, fieles y sacerdotes juntos; ellos continúan la tarea de construir una Iglesia alegre, amorosa, enamorada de JESUS, de sí misma y de la función social e histórica que le corresponde. Esta parroquia no se circunscribe a los estrechos marcos de la sola parroquia sino que lo fundamental -el espacio de trabajo- es el ser humano, la persona en cuanto tal, su entorno cultural y social, un entorno que se extiende a la familia y a la vida comunitaria. Mi nombre es Myriam Rincón. Soy colombiana; llegué a Madrid hace un año; después de haber terminado un contrato de trabajo de seis años con el Ministerio de Educación de mi país, vine para acompañar por un tiempo a mi hijo, mi hermano y otros familiares que viven en España. Al llegar a Madrid, una de las primeras cosas que hice fue buscar mi nueva parroquia para dar gracias a Dios por permitirme estar en España una vez más; la alegría fue inmensa al enterarme que la tenía al lado de casa. Con pasos tímidos pero cargados de esperanza fui conociendo a sus tres sacerdotes que pertenecen a la comunidad guaneliana, y un día conversando con su párroco, el P. Teo, me ofrecí como voluntaria para hacer alguna de las lecturas en las celebraciones, especialmente en las del sábado; luego, me uní al grupo de Cáritas en el servicio del ropero. A partir de ese momento fui acogida por la familia de Don Luis Guanella en Madrid. Descubrí que cada integrante de esta gran familia es portador de un conjunto de valores y virtudes que lo identifica, define su carácter y comportamiento, valores y virtudes que le permiten ser él en relación consigo mismo y con los demás. Me siento deudora de una inmensa gratitud con mi comunidad parroquial de San Joaquín y sus sacerdotes.
Myriam Rincón
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