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1. UN PAIS: R.D. CONGO Mucho antes de viajar a Kinshasa, la capital del Congo, conocía la palabra elikya. Dio nombre a la primera casa de los guanelianos en el Congo y significa esperanza.
Mucho antes de viajar al Congo había leído un libro mítico de viajes, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Cuenta la travesía por el río Congo para rescatar a Kurtz, el traficante de marfil que se ha vuelto loco en la selva africana. Pero es sobre todo un viaje a la oscuridad del corazón humano, a su impiedad, a su perversa capacidad para hacer sufrir. Un alegato anticolonialista con un país de fondo, el Congo, que sufrió, quizás, unos de los capítulos más degradantes de la historia del esclavismo en África.
Aunque hace casi medio siglo que el Congo es un país independiente, la oscuridad sigue reinando en muchos aspectos de la vida nacional. Infraestructuras completamente abandonadas, como las carreteras o el ferrocarril; presupuesto de educación reducido a una partida simbólica; sanidad pagada que muy pocos pueden permitirse; megalópolis invivibles y altamente contaminadas, ejércitos de parados, desestructuración familiar y rupturas conyugales a la orden del día, pérdida de los valores patriarcales que habían funcionado relativamente bien en el mundo rural; violencia y guerrilla en el este del país con los vecinos ruandeses, ugandeses y burundeses; mezquinos intereses internacionales en las explotaciones mineras (diamantes, por ejemplo); resentimiento, sin duda fundado pero también demagógico, contra los ‘mundeles’ (blancos), corrupción estructural propiciada por los menguados sueldos de los funcionarios, y, quizás lo que es más grave, una aguda crisis alimentaria. Y un pueblo pobre, y esta es la pura verdad, que no es capaz de producir los suficientes alimentos para alimentar una vez al día a cada uno de sus ciudadanos, poco futuro le espera. En este momento, el Congo (un país con una extensión 4,5 veces superior a España) tiene que importar (y pagar) cantidades ingentes de productos básicos: mandioca, arroz, maíz.
Pesimismo sobre el futuro inmediato. Pesimismo también sobre un fenómeno, el de los niños de la calle, que ha hecho saltar todas las alarmas (incluida UNICEF), pero sobre el que el Estado parece impotente no ya para erradicar, sino simplemente para frenar.
2. UN DRAMA: LOS NIÑOS DE LA CALLE Kinshasa es la capital mundial de los niños de la calle. Se calcula que unos 25.000 niños y jóvenes vagan de un sitio a otro. Trabajan en lo que pueden: friegan platos en los tabernas para llevarse a la boca las sobras de los clientes; venden galletas o bolsas de agua a los transeúntes, pican piedra bajo un sol implacable, descargan mercancías en el mercado, arrastran maletas en el aeropuerto, limpian coches. Pero también, trapichean con la droga y se prostituyen por unos céntimos a cualquier desalmado (¡ay, pobres niñas de Kinshasa!). Se protegen como pueden: del matón de turno, apenas unos centímetros más alto que ellos, del policía malaleche, de cualquier desaprensivo que encuentra diversión en dar puntapiés al primer indefenso que se cruce en su camino. Y cuando el hambre fustiga las paredes del estómago, y de todo el cuerpo, roban un plátano o una mazorca, unos francos o una camisa. Ya se sabe que el hambre no conoce normas morales ni conciencias. Y la calle es universidad del delinquir.
Siempre había habido niños en la calle, expulsados, huidos o aventureros. Pero la guerra de 1997 dejó muchos huérfanos a la intemperie y muchos niños soldados a la deriva. El sida y demás enfermedades (en Congo, la más leve enfermedad es mortal) dejó otros tantos abandonados. El paro que crece, las rupturas familiares que aumentan. Las supersticiones que pueden hacer ver en un hijo la causa de las continuas desgracias que asolan a una familia (fenómeno inquietante y perverso de los niños llamados brujos). Ya se encargan las sectas del despertar y de la sanación; ya se encargan los chamanes y los pastores de buscar demonios y culpas en los ojos amedrentados de un crío. Y en fin, la pobreza y la miseria que, cuando alcanzan un grado y un límite, deshumanizan cualquier corazón, siembran la impiedad, aniquilan la compasión y rompen los lazos familiares de la sangre y del cariño (ya nos lo había advertido la Divina Comedia, en aquel episodio en que Ugolino, hambriento, cede a la tentación de comerse a sus hijos).
Así son las cosas: negras como la hermosa piel de esta raza atlética y esclava; oscuras como el corazón de la tiniebla.
3. UNA MISIÓN: DEVOLVER LA ESPERANZA En medio de la oscuridad brilló la luz, está escrito en el evangelio. Y quizás es esto mismo lo que uno siente cuando entra en alguna de las casas, en algunos de los proyectos que a favor de la infancia de la calle tienen los misioneros guanelianos y con los que la Asociación Puentes colabora humildemente (aunque con mucho orgullo).
Encendamos unas cuantas luces: las 20 niñas que en la Ndako Boboto (Casa de la paz) intentan olvidar su particular guerra en la calle. Los centenares de niños que cada día llegan al ‘Punto de Agua’, para beber agua potable, asearse como personas, comer su ración de fufú (harina de mandioca y maiz), o dormir bajo techo; los colegiales que cada día, con su uniforme blanco y azul, se sientan en el pupitre a leer y a escribir; los jóvenes que aprenden en la panadería el sagrado oficio de amasar el pan, o en la carpintería a hacer una silla y una mesa.
Mostremos más luces: Los niños de la calle que llegan cada mañana y cada tarde al dispensario, con sus heridas, sus llagas, su malaria, sus cortes en la frente o en el pecho; las decenas de adolescentes que, cuando en la noche inhumana y negra, ven acercarse la ambulancia de los guanelianos, sienten esa tranquilidad que da la cercanía de los amigos; las decenas de niñas prostitutas que aún puede aproximarse a los misioneros-hombres y a los educadores-hombres a contarles sus penas, sin que estos les miren con codicia o con desprecio; los jóvenes que aprenden a arar, sembrar, recolectar, cuidar vacas, en una granja que es casi una miniatura de paraíso, allá por Bateke.
En fin, los niños, los adolescentes, los jóvenes que saben que 24 horas al día y 365 días al año hay una puerta abierta para ellos, una casa abierta, unos oídos abiertos, unas manos abiertas que, en permanente ofrenda de gratuidad, acogen, abrigan, sacian el hambre de pan o de compañía o acunan sus pequeñas almas flotantes, como habría escrito M. Yourcenar.
Es el corazón de las luces. El antónimo, las antípodas, la oposición tajante al corazón de las tinieblas. Sería de idiotas o de engreídos pensar que con estas casas, con este fufú, con esta escuela, se acaban los problemas de los veinticinco mil niños de la calle. ¡Qué va, ni pensarlo! Es sólo una gota de agua. Una pequeña candela. La candela parece tan frágil porque la noche es infinitamente negra. ¿Pero quién es el majo que puede caminar en la oscuridad total sin la ayuda débil de una cerilla encendida? ¿quién es el majo que dice a estos veinticinco mil niños que Kinshasa puede existir sin las casas de Boboto, Esengo o Mamá Africa, sin las manos y los corazones de P. Andrés, P. Guido, P. François, Eritier, Thotho, Irene, Justin, Emmanuel, George, Bienvenue, Gabins, Teo, John, Jean de Dieu, Odette y otros tantos y tantas como ellos y como ellas?
4. UN ANHELO: AGRANDAR EL ARCA En el portón de hierro del Punto de Agua hay una pintura que es casi un resumen en color de la obra misionera. Representa el Arca de Noé: un arca que acoge a los niños de la calle. Son los salvados de ese diluvio de violencia, hambre, sida, desamor que azota esa ciudad de más de un millón de muertos que nos hubiera dicho Dámaso Alonso.
El arca es pequeña e insuficiente para albergar a todos los hijos del diluvio. Y esto lo saben bien los que se quedan fuera. Y sin embargo es de esperar que esta realidad dramática de los niños de la calle nos hiera un poco, nos duela un poco, nos conmueva un poco, nos sacuda un poco. Eso haría posible añadir unas tablas más al arca, unos centímetros más, un piso más.
Para estos más de veintipico mil niños, las calles de Kinshasa siguen siendo un corazón de las tinieblas. Y sin embargo, un plato a mediodía, una venda en la herida, una mano amiga, la ambulancia que como un ángel cruza la ciudad, una sonrisa benévola, un grifo de agua potable, una cartilla escolar pueden hacer olvidar sinsabores y humillaciones. Y creer de nuevo en la elikya, en la esperanza. Esperar de nuevo la esperanza. Habrá, sin duda, elikya por las calles de Kinshasa. La elikya hará cada día su morada en los cuerpecillos de los niños africanos, en sus pequeñas almas flotantes.
Bautista Aguado
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