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Todos deseamos ser felices, todos anhelamos y buscamos la felicidad, pero si preguntamos a nuestros vecinos, ¿qué es la felicidad, ¿qué es una vida realizada?, ¿qué consideran necesario para alcanzar la felicidad?, nos encontramos con respuestas muy dispares. Aún así, estoy seguro de que en algunas cosas mucha gente coincidiría: tener salud, trabajo, cariño, paz, libertad… Efectivamente, aunque ninguna de estas cosas, por sí solas, puede hacernos plenamente felices, cada una de ellas contribuye a que nos sintamos bien y seamos felices. También es verdad que algunas nos proporcionan más felicidad que otras, y ello depende, en buena medida, del valor que les demos, de la escala de valores que rige nuestra vida.
Tener un trabajo que nos satisface, porque nos sentimos a gusto con lo que hacemos, porque experimentamos su utilidad para los demás, y nos permite desarrollar nuestras cualidades en beneficio de los que nos rodean, son factores que nos ayudan a sentirnos bien, y cooperan a nuestra felicidad. Pero con frecuencia esto es llevado al extremo y sólo realizar algo grande, hacer obras importantes o, en definitiva, tener éxito, ser rico, ser famoso, ser el primero… es considerado el componente que nos ofrece una mayor realización personal y nos hace felices.
Nuestra cultura fomenta y manipula, de manera exagerada, ese imperativo de realización, convirtiendo el éxito como tal en un ideal absoluto, en la única forma de realización personal; de esta manera, los fracasados no cuentan, y se genera un sentimiento de culpa en la persona que no llega a la meta, que no puede reproducir el canon socialmente vigente. Sólo importa el equipo ganador; los demás han tenido una mala temporada, no han estado a la altura, han fracasado. Tiene valor sólo el político que gana unas elecciones; los demás –no importa su programa, el apoyo obtenido- han fracasado y no se les respeta… podríamos seguir poniendo ejemplos pues los vemos todos los días.
Como dice el teólogo José Ramón Amor Pan: “Nuestra cultura, lejos de integrar, está generando excluidos a un ritmo sin precedentes, aunque teóricamente –y gracias a la publicidad aplicada a la intervención social y a las campañas políticas- las cosas parecen de otra manera”. De hecho, cada vez que no somos los mejores, que no destacamos en aquello que hacemos, nos sentimos, en cierto modo, fracasados, desplazados o extraños al ambiente en el que vivimos.
 Inmersos en esta mentalidad que nos rodea, podemos llegar a pensar que vivir con sencillez, realizar bien nuestro trabajo, ofrecer los pequeños favores que nuestra familia y amigos necesitan cada día, hacer detalles simples a los demás… no tiene nada que ver con eso de ser felices. Y no es raro que, llevados por esta forma de ver la vida, lleguemos a pensar que las personas con discapacidad intelectual no tienen opciones para ser felices, porque difícilmente llegan a ser famosas o a tener “éxito” en una sociedad tan competitiva.
Todos somos conscientes de poseer cualidades y, al mismo tiempo, nos sentimos limitados. Las personas con discapacidad intelectual tienen, en general, particulares dificultades a la hora de aprender cosas y de desenvolverse en la sociedad. Y sin embargo, los que vivimos a diario con ellas advertimos su felicidad. Una felicidad que vemos reflejada en su desbordante alegría que expresan con su sonrisa y sus agradecimientos, en su capacidad de aceptar lo que les toca vivir, en su forma de disfrutar del trabajo sencillo, en el que ponen todas sus capacidades y empeño, en su familiaridad cuando saben que pueden confiar en alguien, en su fe capaz de superar las pruebas, en su humanidad y su atención a los demás, en sus ganas de vivir con intensidad cada momento.
Claro que pueden ser felices; la verdadera felicidad no tiene que ver con nuestras capacidades físicas o intelectuales, sino con nuestra capacidad de aceptarnos, de querernos, de saber que somos de alguna manera imperfectos, pero que aun así somos seres humanos y que valemos mucho. Ser feliz es un derecho y, en cierto modo, un deber de toda persona. Pero ser feliz no es sentirnos mejores que los demás, sino únicos, viviendo con intensidad cada detalle de nuestras vidas, siendo conscientes de la emoción que nos provoca cada momento que vivimos, y estando atentos a lo que nos rodea.
Las personas con discapacidad intelectual no sólo son felices, además su felicidad demuestra lo equivocado que está el concepto de felicidad que nuestra cultura nos propone y los medios de comunicación repiten constantemente.
Fernando de la Torre
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