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Hay que ser agradecidos con la Divina Providencia, correspondiendo a sus dones y cuidando el trabajo y la economía.

Don Guanella
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La gente muere. No sólo el reducido número que conocemos sino innumerables personas de otros lugares; todos los días, a todas horas. Morir es el acontecimiento humano más natural, algo que todos tienen que experimentar. ¿Se sabe morir bien? Nuestra muerte, ¿es algo más que un destino inevitable, que simplemente nos gustaría que no existiese?

El eximio Dr. Balfour Mount, medico canadiense, escribió: “Los médicos examinamos el dolor para llegar a un diagnóstico preciso de la realidad sanitaria de quien va a morir. Ocasionalmente, valoramos su emotividad. Muy raramente, conseguimos comprender el malestar del espíritu del enfermo y el nuestro”.

Se puede incluso comprender esta actitud reductiva, pues la dimensión del alma no es fácilmente accesible a la observación externa, pero no se la puede justificar porque va en detrimento del enfermo que no se siente acompañado en su totalidad.

Para comprender en qué consiste el dolor espiritual del enfermo, hay que persuadirse de que la enfermedad provoca una herida en su cuerpo pero también en su espíritu, constreñido en ese momento fundamental de su existencia a ponerse cara a cara ante su fragilidad y su limitación.

La pérdida del control sobre el propio ser psicológico puede, posteriormente, causar ese profundo extravío del que provienen muchos interrogantes angustiosos: “¿Por qué todo esto? ¿Por qué he caído en esta desgracia?

Puede suceder que, en medio de innumerables dudas, el enfermo considere algunos aspectos negativos de su vida, por ejemplo el pecado y la falta de honradez, como la causa de sus tormentos actuales, y el castigo que alguien le infringe, y no valore, en cambio, aunque sea creyente, su religiosidad, su fe, la familia, todo el bien que haya podido sembrar…

Es la pregunta que se plantean siempre tanto los creyentes como los que no están unidos a ninguna confesión religiosa. La espiritualidad, de hecho, es un componente esencial de la persona que puede ser definida como ese espacio interior en el cual cada individuo se pregunta por el sentido de la vida, por su presencia en el mundo, por la posibilidad de que exista una trascendencia.

Si nos fijamos en la dimensión espiritual de la persona que está a punto de morir, los cuidados paliativos están orientados al respeto del ser humano y a garantizar una asistencia más plena cargada de ternura y cercanía.

El que cree en la paternidad de Dios encuentra en la fe la fuerza para cuidar al enfermo moribundo. Para el cristiano, el amor hacia los que sufren se convierte en un reflejo del amor de Dios presente en el corazón del hombre, convirtiéndose así en una prolongación en el tiempo de esa caridad que en Jesús, divino samaritano de las almas y de los cuerpos, alcanzó su expresión más luminosa.

Quien no adhiere a un credo religioso puede, si ahonda en su propia humanidad, descubrir el respeto hacia el pariente enfermo, el amigo, el vecino de casa que, en ese momento en que espera la muerte, necesita una mano para sumergirse en la piscina. Una piscina que, aunque no contenga agua milagrosa, le descansará y le aliviará la fiebre del cuerpo y la sequedad del espíritu abrasado por la soledad.

“Ante la muerte nos sentimos impotentes y presas del desaliento. Su certeza nos provoca un interrogante sobre la vida y sobre el futuro que nos espera. Cristo ha conocido la experiencia de la muerte y del sufrimiento, pero con su resurrección ha vencido para siempre el poder de la muerte.

En el momento final de la vida, a menudo, demasiado a menudo, nos encontramos solos. Hasta hace pocos años era frecuente que junto a la persona agonizante estuviese, además de los parientes y amigos, un sacerdote. Ahora ya no es así, y la soledad del hospital es la única compañía de muchas personas en las últimas horas de su vida.”

El Papa Benedicto XVI, en el Ángelus del domingo 3 de febrero, invitaba a los presentes a orar por la vida con estas palabras proféticas: “La civilización de un pueblo se mide según su capacidad de servir a la vida. Cada uno, según sus posibilidades, su profesionalidad y su competencia, debe sentirse siempre impulsado a amar y servir a la vida, desde su inicio hasta su ocaso natural”.

En efecto, es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, más aún cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal. Me uno a los obispos italianos para alentar a cuantos, con esfuerzo pero con alegría, sin estridencias y con gran entrega, atienden a familiares ancianos o discapacitados, y a quienes dedican regularmente parte de su tiempo para ayudar a personas de todas las edades que están siendo probadas por cualquier forma de pobreza.

El reciente descubrimiento de la atención que se debe proporcionar a la persona que va a fallecer, fue ya puesta en práctica hace un siglo por don Guanella con la creación de la Pía Unión del Tránsito de S. José, asociación de devotos y creyentes que, en el mundo entero, diariamente, elevan oraciones por los moribundos, a los que no niegan asistencia en vida y sufragios en la muerte.

Qué consolador sería que volviesen los tiempos en que junto a los vagidos de los recién nacidos se pudieran escuchar también las últimas palabras temblorosas y emocionadas de quien tiene aún la dicha de morir en su propia casa.

Tarcisio Casali S.d.C.

Última actualización el Jueves, 21 de Agosto de 2008 12:16