| Voluntariado y Caridad |
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El voluntariado no es ocio, tampoco nos confundamos. Es un estilo de vida que compromete a conocer la realidad donde se ejerce el voluntariado, que requiere la seriedad de las personas desde el principio al fin, que convierte al voluntario en agente transformador de la sociedad y del ambiente en el que vive, que educa y se deja educar por la realidad, por las personas a las que dedica su tiempo y por el resto del grupo de voluntarios con los que comparte su tarea, que se apasiona, que programa y evalúa lo que hace para mejorar y cambiar cuando algo no va bien, y para felicitarse por las cosas buenas que se han conseguido y experimentado. Algo estupendo es que el voluntariado no tiene edad. He conocido tiempos en los que la media de edad, en un grupo de voluntarios, era muy baja, pero en la actualidad, en las realidades que conozco, cada vez hay más personas adultas que deciden embarcarse en esta aventura, lo cual me parece estupendo. También es cierto que los jóvenes van disminuyendo, y esto es un poco preocupante. Para las instituciones o congregaciones que tienen voluntariado, éste es de vital importancia. Muchas de ellas nacieron con un marcado carácter voluntario a la hora de ejercer la caridad. Con el paso del tiempo y para hacer frente a la creciente exigencia normativa y a la burocracia, se han visto obligadas a contratar personal especializado con su correspondiente convenio de trabajo. Todo esto las ha alejado un poco o un mucho de sus orígenes, muy duros, quizás, pero preñados de amor, de esfuerzo, de pasión y de lucha. Hoy, el voluntariado nos recuerda que no tenemos que olvidar todos esos valores que nos ayudaron a nacer y con los que hemos crecido hasta llegar a lo que hoy somos. Negar el pasado y nuestra historia sería como renunciar a nuestra identidad, nuestra esencia. Como diría el sabio: “somos enanos que caminamos a lomos de gigantes”. ![]() No nos olvidemos, tampoco, que el voluntariado es una gran plataforma de evangelización y de sensibilización de la sociedad sobre la situación de aquellas realidades en las que se ejerce la acción caritativa. Los valores que impregnan su tarea, si es un verdadero voluntario, se los lleva con él a los ambientes a los que pertenece, empezando por la familia. Me imagino a las abejas que, a medida que se alimentan del néctar de las flores, llevan también su polen, y lo van esparciendo, sin darse cuenta, para que éste dé fruto. De hecho, la caridad es una fuente que nunca se agota, y que rompe con todas las leyes de la física: cuanto más se da, más se tiene, y cuanto más se entrega desinteresadamente, más se recibe. Por eso, no es extraño que los voluntarios, cuando echan la vista atrás, suelan decir que han recibido mucho más de lo que han dado. En Villa San José, hemos tenido la suerte de contar desde los inicios de nuestra andadura con un nutrido grupo de voluntarios. Muchas personas, a lo largo de estos años, han colaborado con nosotros. Creo que todos, también aquellos que por diversas razones ya no están con nosotros y nos dejaron hace muchos años, guardan a la Villa y a sus chicos y chicas en un rinconcito de su corazón. Por eso animo a jóvenes, adultos y mayores a que prueben a compartir un poquito de su tiempo con aquellas personas que lo necesitan. Pero no quiero despedirme sin agradecer sinceramente a todos los voluntarios que se dan cada día con gratuidad y desde la libertad. Hno. Santiago María Antón, SdC
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| Última actualización el Sábado, 24 de Enero de 2009 17:38 |






Puede sorprendernos, y de hecho nos sorprende, en una sociedad cada vez más encerrada en sí misma, en la que conocemos a los vecinos del piso de arriba porque de vez en cuando nos juntamos en el ascensor o nos sorprenden caras nuevas en las reuniones de vecinos, que todavía haya personas que decidan voluntariamente regalar parte de su tiempo a otras personas. Este ejemplo puede resultar un tanto fuera de lugar para algunos, pero realmente nuestro corazón no tiembla y no sufre cuando las desgracias son ajenas o las injusticias y los desaires no nos tocan personalmente; por eso, difícilmente nos comprometemos a echar una mano o a cambiar las cosas. De ahí que el voluntario sea una persona “rara”, de las que cada vez, por desgracia, quedan menos. 