| ¡Cómo se dejan querer! |
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Me llamo Fernando. Estoy felizmente casado con la que es mi primera mentora y animadora en todo este conglomerado que os voy a relatar; tengo cuatro hijos y tres nietos; soy el voluntario que, desde hace más de una década, acompaña, los jueves, a los chicos de Villa San José a la piscina. Y me siento feliz y con ganas de afrontar un nuevo curso. Entre mis aficiones destacaría dos: la natación y la música; y entre mis compromisos, uno: la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica). Unas y otro hicieron posible el acontecimiento del encuentro con los chicos de la Villa de San José. ![]() Hace muchos años que los conocí en la piscina climatizada de Eras de Santa Marina. Y muy pronto, sentí la llamada a ser más cercano a ellos, a acompañarles en un tramo de sus vidas, de sus quehaceres, de sus peculiaridades. Pero, casi de inmediato, me asaltó el miedo. No sabía de dónde procedían, ni cómo tratarles sin invadir su terreno, ni si se necesitaba una preparación especial de la que carezco; en una palabra, dejé pasar el tiempo sin comprometerme a nada. Pero mi militancia en la HOAC, y más concretamente el compromiso personal que se materializa en el Proyecto Evangelizador sobre las desigualdades, las dificultades y precariedades entre los desfavorecidos, los pobres, las familias obreras, me iba a marcar el camino para romper las indecisiones y lanzarme a la acción. Trabajo con ellos, me río con ellos, me hago niño como ellos, también me enfado con ellos, pero nunca, cuando cesa el día que dedico a ese voluntariado, llego cansado, ni malhumorado; simplemente ha concluido un día en que he llenado mi despensa de afectos, de cariños, de abrazos y besos y, cómo no, de curiosas historias que me cuentan y que les son propias a cada uno de los chicos y chicas de la Villa. Fruto de todo esto es la incorporación de mi hija, años más tarde, a labores también de voluntariado con los muchachos. Que ahora os cuente ella.
Comencé de la mano de P. Juanma, cuando él estaba preparando un grupo para cantar en las misas de San Bernabé. Me animé a ir los sábados a perfeccionar los flojos sonidos que salían de mi guitarra. Todo eso duró un año, pero yo sentía que no tenía valor para tocar delante de la gente, y lo dejé. Pero, dos años después, volví por la insistencia de Chus (una educadora de la Villa). Por entonces, yo no pasaba una buena temporada y no me encontraba con humor para estar con gente, pero a mi hija le debía una demostración de valentía y entusiasmo en algo que me era completamente nuevo y desconocido. Cuando conocí a los chicos, me quedé prendada de todos. Comienzas con una ligera sensación de que no sirves para estar con ellos, para ayudarles o animarles. La sobremesa era el momento en el que yo podía estar con ellos, pero, cuando llegaba el momento, no tenía ni idea de qué hacer; me sentía incómoda. Nada más acabar de comer, salía con ellos de paseo, porque esto sí que se me da bien. Durante el paseo, empezamos a charlar. Ellos me contaban sus historias, sus peleas o cómo trabajaban. Yo les contaba mi vida. Mi asombro fue cuando me di cuenta que me escuchaban, pues, una semana después se acordaban de lo que les había contado y me preguntaban por ello. Me sentía importante y eso me animaba a pensar que, a lo mejor, sí que valía para ese trabajo. Nada más acabar el paseo, tenía ganas de que llegara la semana siguiente para estar otra vez con ellos. No tenía mucho trato con los demás voluntarios, pero por medio de los cursos de formación o las evaluaciones, me di cuenta de que, aún siendo la nueva, tenía las mismas inquietudes y anhelos que los demás. Yo estaba empezando, era verdad, pero ellos habían pasado por lo mismo. Así que, por medio de esas reuniones, aprendí a tratarlos, a conocer sus debilidades y problemas. Esas reuniones me hicieron un poco más fuerte y valiente. Pero claro no lo podía dejar ahí, y de eso también se encargó Chus. Me animó a que fuera algún domingo a las misas de San Bernabé, a tocar la guitarra. ¡Ni pensarlo! Pero mi hija Nazareth –tenía cuatro años por entonces- me dijo una frase reveladora: “Mamá, vete a tocar, que lo haces muy bien”. ¿Yo bien? Y al acabar el año, llegó Santi, y el “liante” quería que cantara, ¡sí, hombre! Ha tardado un par de años en conseguirlo, pero ahí estoy superándome. Ahora, yo actúo como los chicos: si te ponen obstáculos, sólo tienes que intentar saltarlos juntos. Y los retos, cada vez más grandes. El último: hacer los decorados para el taller de teatro que Teresa (otra educadora) me había pedido. Me dio toda la libertad para hacerlos. Y yo los hice lo mejor que pude. El aplauso y la gratitud de los chicos son mi mejor recompensa. ¡Cómo se dejan querer…!
El tema de la “Paellada” me tiene un poco descolocada, y todo por culpa de mi marido, Juan Luis. Se trabaja tanto ese día que no da tiempo a disfrutarla. Pero él, cuando falta un mes, ya está entusiasmado, preparando las cosas y, desde que le pusieron para hacer y atizar el fuego de la paella, la goza. Él siempre ha respetado mis acciones, me ha acompañado en mis decisiones y ha estado a mi lado cuando algo no me salía bien. Pero, para la “Paellada”, no piensa en mí, sino en los chicos: la música que les puede gustar, cómo arreglar el sonido de los altavoces, qué juegos o películas les puede interesar; en fin, que él concentra un año de voluntariado en un mes. Voy a terminar diciendo que yo empecé porque quería que alguien me necesitara y, de esta manera, no centrarme en Nazareth (para no agobiarla), y ahora soy yo quien los necesito; no me gusta la soledad, y estar con ellos, y ver cómo quieren a mi hija, me hace sentir la persona más afortunada del mundo. Fernando y Sonia
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| Última actualización el Domingo, 14 de Diciembre de 2008 20:26 |







Soy Sonia y tengo que comenzar dando las gracias a mis padres por la educación que me han dado. Mi padre comentaba en casa lo que hacía en la Villa y lo que los chicos le decían o los logros que conseguían. Yo, es verdad, sentía un poco de envidia, pero no tenía en mente -ni por asomo- que yo pudiese formar parte de la familia guaneliana.
Nazareth y yo vamos a cenar con ellos algún viernes. Nazareth se siente mayor y responsable. Y eso que, al principio, tenía celos de los muchachos. Pero, cuando empezó a jugar con ellos, a hacerles bromas, a comentar cosas, se abrió. Mi hija era mucho más tímida que yo, y de ello puede dar fe algún voluntario (¿verdad Emiliano?). Ahora, ella es capaz de hablar de todo esto con sus amigas de clase y, así, con sus palabras, da su testimonio de voluntariado a las futuras generaciones.